
1. La paz y la gracia que disfruta quien ha sido justificado
El pastor David Jang subraya que, antes de adentrarnos en Romanos 5:3-5, debemos primero considerar Romanos 5:1-2. Estos versículos muestran qué bendiciones disfruta aquel que ha sido justificado por la fe en Jesucristo. En el versículo 1 leemos: “teniendo paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”, lo cual indica que el creyente justificado es liberado de la culpa pasada y ahora disfruta de paz con Dios. David Jang comenta al respecto: “Esto implica que el ser humano, que antes sufría atormentado por el peso de su culpa, ahora ha sido liberado de ese pecado y puede disfrutar de una paz verdadera con Dios. Esa es la primera bendición del justificado”. Se refiere a la paz que recibimos en Cristo, al caminar junto al corazón de Dios, despojados de la culpa que cargábamos. Así, el apóstol Pablo declara la bienaventuranza de esta ‘paz’ obtenida mediante Cristo Jesús sobre la base de la premisa “justificados, pues, por la fe”.
Seguidamente, David Jang llama la atención sobre Romanos 5:2: “Por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios”. Aquí, la expresión “tenemos entrada a esta gracia” significa que el hombre, antes sumido en el pecado, adquiere la osadía de entrar a un ámbito santo —similar al Lugar Santísimo— y adorar a Dios. Al explicarlo, David Jang señala: “Si, siendo pecadores, hemos sido liberados, entonces ahora tenemos el poder de acercarnos a la corte real, ante la presencia de Dios”. En la época del Antiguo Testamento, el sistema del tabernáculo y del templo, separado en el Lugar Santo y el Lugar Santísimo, impedía la entrada libre a cualquiera. Sin embargo, gracias a la obra sustitutiva de Cristo, hemos sido limpiados del pecado y podemos entrar confiadamente ante su presencia. Pablo lo llama “entrada a esta gracia”. Allí, por la fe alcanzamos ese ámbito santo donde contemplamos y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. David Jang comenta: “Si bien podría ser buena la analogía de un barco que sale de un puerto estrecho hacia la inmensidad del mar, quizás se asemeja más a la sensación de regresar de un mar tempestuoso a un puerto seguro donde echamos ancla”. De esta manera, la vida del cristiano pasa de estar oprimida por la culpa a habitar en la paz de Dios, y avanza a ese lugar de gracia donde puede albergar la esperanza de la gloria divina y disfrutarla.
Sin embargo, David Jang aclara que las bendiciones descritas en Romanos 5:1-2 no son todo lo que se promete. Inmediatamente, Pablo inicia Romanos 5:3 con la frase “y no sólo esto”, indicando que hay más bendiciones que recibe el justificado. Y la siguiente declaración es: “sino que también nos gloriamos en las tribulaciones”. Aunque podría parecer que, después de ser justificado y liberado del pecado, la vida cristiana fuese un camino sin tropiezos, Pablo conoce muy bien que la existencia del creyente está colmada de innumerables aflicciones. David Jang subraya: “Decir que, por creer en Jesús y convertirnos en hijos de Dios, a partir de ahora todo nos va a ir bien no concuerda en absoluto con la enseñanza bíblica”. Jesús mismo afirmó en el Sermón del Monte: “Entrad por la puerta estrecha”, y en Hechos 14:22 Pablo expresa: “Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios”. Esto confirma que, en el camino de la fe, nos veremos enfrentados inevitablemente con conflictos y sufrimientos. La clave está en que, para quienes están fuera de Cristo, la tribulación no es más que sufrimiento y ruina; pero para quienes están en la fe, la tribulación produce paciencia, la paciencia prueba, y la prueba, finalmente, forja una esperanza más firme.
Cuando Pablo escribe en Romanos 5:3 “nos gloriamos en las tribulaciones”, desde la perspectiva del mundo es algo incomprensible. Pero David Jang llama la atención sobre esta paradoja profunda. Para quien ha sido justificado por la fe, la tribulación deja de significar destrucción y desesperación, porque genera paciencia y, a fin de cuentas, nos impulsa a un nivel espiritual superior. En esta enseñanza, David Jang alude a la parábola del sembrador. Para que la semilla caída en buena tierra llegue a dar fruto de treinta, sesenta o cien veces, es indispensable un periodo de paciencia. Así como un fruto no madura de la noche a la mañana, el camino de la fe requiere tiempo de espera. Por eso, Romanos 5:4 declara: “la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza”. Tras estas palabras se halla el propósito de Dios de entrenar progresivamente nuestra alma y guiarnos a una gloria mayor.
Y es que la tribulación no es un sinsentido. Esta verdad se repite en múltiples pasajes de la Biblia. Por ejemplo, en Santiago 1:2, el apóstol Santiago exhorta: “Tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas”. Dicha exhortación surge de la convicción de que estas pruebas no son un sufrimiento inútil, sino que fortalecen y perfeccionan nuestra fe. Asimismo, en 1 Pedro 1:6-7 leemos: “aunque ahora, por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas, para que sometida a prueba vuestra fe… sea hallada en alabanza, gloria y honra”. De igual modo, David Jang explica: “Cuanto más profundos son los padecimientos, con más fervor buscamos la ayuda de Dios; y en ese proceso, aprendemos a depender sólo de Él. Por tanto, las tribulaciones son un precioso entrenamiento de Dios para quienes ama”.
Así, el punto en que se detiene David Jang no es que la tribulación en sí sea valiosa ni que posea un poder místico que nos salve, sino que la tribulación que llega al creyente justificado lo lleva a madurar y acrecienta su esperanza. En 2 Corintios 1, Pablo menciona la aflicción que padeció en Asia, tan extrema que llegó a temer por su vida, como si tuviera sentencia de muerte. Aun así, encontró “el consuelo de Dios” en medio de esa situación y comprendió que aquello le servía para no confiar en sí mismo, sino en Dios que resucita a los muertos. David Jang comenta: “La aflicción a la que alude Pablo no sólo describe una experiencia personal de sufrimiento extremo, sino que, en cualquier circunstancia límite, muestra la perspectiva de la fe que pone la mirada en el reino de Dios. La tribulación en el creyente, en definitiva, es un paso más dentro del plan mayor de Dios, Su ‘greater plan’”.
David Jang advierte que no debemos malinterpretar la declaración de Romanos 5:3 de “nos gloriamos en las tribulaciones” como un mero optimismo o una indiferencia insensible. La “alegría en medio de la tribulación” de la que habla la Biblia no implica desentenderse de los problemas de la vida ni ignorar el dolor que estos conllevan. Más bien, significa creer que “en última instancia avanzamos hacia la esperanza, y las tribulaciones son parte necesaria de ese camino”. Por ello, David Jang considera que este pasaje expresa “el gozo más verdadero y realista”. Aun cuando en lo humano sigamos sometidos a dificultades y dolores, el futuro glorioso que Dios garantiza al que es justificado, y la certeza de ese futuro, superan la realidad presente, posibilitando alegrarnos en medio de la tribulación.
Por supuesto, nuestra naturaleza pecaminosa no asimila fácilmente este mensaje. David Jang menciona que aun después de ser justificados por la fe, a menudo persisten en nosotros la ingratitud y la dureza de corazón. “Es natural que quien ha sido absuelto en un juicio exprese júbilo; sin embargo, siendo la justificación un acontecimiento infinitamente más asombroso, solemos reaccionar con indiferencia”. Para ilustrarlo, recuerda el pasaje de Mateo 11, donde Jesús habla de “una generación insensible”: “Os tocamos flauta, y no bailasteis; os endechamos, y no lamentasteis”, aludiendo a quienes no se conmueven ni se arrepienten a pesar de recibir la gracia y el amor de Dios. No obstante, Romanos 5 llega a una conclusión clara: la capacidad de “gloriarnos en las tribulaciones” se hace evidente como una característica inconfundible de aquel que ha sido justificado. Por ello, David Jang enfatiza: “El gozo en medio de la tribulación es la evidencia del que ha sido salvo y la señal de quien está en paz con Dios”.
2. Tribulación, paciencia, prueba y esperanza
David Jang interpreta que la clave de Romanos 5:3-5 se resume en la secuencia “tribulación → paciencia → prueba → esperanza”. Es un esquema dinámico que describe de forma sencilla la trayectoria espiritual del cristiano. No se trata de un silogismo simplista de “si viene la tribulación, ten esperanza”; hay pasos intermedios imprescindibles: la “paciencia” y la “prueba”. Cuando Pablo escribe: “la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza”, no significa que toda tribulación, sin más, conduzca a la esperanza, sino que tal resultado se promete a quien, en la fe, recibe y transita este proceso.
La paciencia, a grandes rasgos, consiste en “aguantar y perseverar”. No obstante, bíblicamente no se trata de una postura pasiva o humillante. David Jang explica: “Sin fe en el futuro, la paciencia no es posible”. Así como el labrador que siembra la semilla espera pacientemente la cosecha, en la fe cristiana “aunque ahora no veamos una salida clara, confiamos en la futura intervención de Dios y aguardamos”. De ahí que, en medio de dificultades, seamos capaces de resistir sin soltar la esperanza. “Pues la fe es la certeza de lo que se espera” (Hebreos 11:1), y como estamos seguros de “lo que esperamos”, podemos esperar con gozo. David Jang expresa esta idea diciendo que “la gloria futura consume nuestro presente”. Es decir, cuando nuestros ojos se abren a cuán efímera y ligera es la aflicción presente en comparación con la venidera gloria, dejamos de ver el sufrimiento sólo como tal, y lo reconocemos como “una parte necesaria de la obra de Dios”.
Otro beneficio que reporta la paciencia es la “prueba”. Para explicarla, David Jang recurre a la metáfora del oro: “De la misma manera que se refina el oro en el crisol separándolo de las impurezas, nuestra fe debe pasar a veces por el fuego de la tribulación para quedar depurada como oro puro”. En 1 Pedro 1:6-7 se afirma: “Vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual perece aunque sea probado con fuego…”. También Hebreos 12:8 y siguientes recalcan que quien recibe la disciplina es verdadero hijo, y quien no la recibe es bastardo, advirtiéndonos con firmeza. Ello confirma que “Dios disciplina a quienes ama” y que “para que nuestra fe tenga profundidad y madurez, en algún momento hemos de atravesar ese fuego purificador”. A menudo huimos de la prueba por lo dolorosa que resulta, pero precisamente es el método que Dios emplea para forjar a sus verdaderos hijos. “Para que nuestra fe alcance hondura y madurez, en algún punto hemos de pasar por estas llamas ardientes”, sostiene David Jang.
La prueba nos vuelve más puros y fuertes. David Jang lo explica así: “Como el caqui áspero que se endulza al madurar, o el pescado crudo que se convierte en un plato delicioso al ser cocinado, nuestras facetas ásperas e impuras deben ir eliminándose y puliéndose gradualmente”. Nuestra ira, impaciencia, falta de dominio propio, etc., necesitan ser refinadas y purificadas a fin de presentarnos como personas que agradan verdaderamente a Dios. Refiriéndose a Moisés, señala que, si no hubiese pasado cuarenta años en el desierto de Madián, no habría estado capacitado para liderar al pueblo de Israel. “En ese periodo, se fue transformando la ira y la violencia que había en Moisés, dando lugar a una mansedumbre y docilidad forjadas por la prueba, lo que lo preparó para la labor del éxodo”. También recuerda el caso en que Moisés, vencido por su ira, golpeó la roca dos veces y, por ello, no pudo entrar en la tierra prometida, advirtiendo de las consecuencias que conlleva el no perseverar hasta el final.
De este modo, el fruto supremo que se produce en este proceso es la “esperanza”. La persona que atraviesa tribulaciones en la fe, obtiene paciencia; la paciencia produce prueba, y la prueba conduce a la esperanza. David Jang enfatiza: “La palabra ‘esperanza’ no alude a un pensamiento ilusorio, sino a la certeza de la gloria futura que Dios va a realizar”. Esto constituye la fuerza motriz que sostiene la vida del creyente. En el versículo 5, Pablo afirma: “y la esperanza no avergüenza”, y David Jang pone especial énfasis en esta frase. Aunque para el mundo de entonces, con Pablo encarcelado, la Iglesia perseguida y sus líderes martirizados, la esperanza podía parecer ilusoria, Pablo hablaba con osadía: “la esperanza no nos avergüenza”. El motivo es que esa esperanza no es una fantasía incierta creada por los hombres, sino que se basa en que “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado”.
David Jang afirma: “El Espíritu Santo no es sólo una fuerza que nos exalta emocionalmente. Es quien vierte de modo real el amor de Dios en nuestros corazones, de modo que, ante cualquier situación, podamos recordar y aferrarnos a ese amor”. Es precisamente esta certeza del amor de Dios, otorgada por el Espíritu, la que nos impide retroceder ante los problemas del mundo. Por ello, Pablo podía decir con convicción: “No me avergüenzo de mis cadenas, porque conozco a quien he creído, y estoy seguro de que es poderoso para guardar mi depósito”. David Jang se fija también en la súplica de Pablo en 2 Timoteo: “No te avergüences de mí, preso por causa del Señor”, y ve allí cómo debe ser la actitud de la Iglesia y del pastor ante la tribulación. Aunque el evangelio no siempre traiga gloria aparente en el mundo, la certeza del amor de Dios, derramado por el Espíritu, nos sostiene hasta el final.
Así, Romanos 5:1-5 concluye de la siguiente manera: “Habiendo, pues, sido justificados por la fe”, es decir, partiendo de que hemos roto con la culpa del pecado y hemos alcanzado la paz con Dios, entramos en la gracia y nos gloriamos en la esperanza de Su gloria. Y las diversas tribulaciones que surgen en la vida diaria no nos conducen al desaliento ni a la ruina, sino que, en Cristo, generan paciencia, forjan nuestro carácter (prueba) y desembocan en la esperanza. Finalmente, esa esperanza no fracasa, puesto que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo. David Jang afirma que Romanos 5:5 “constituye la piedra angular que hace posible todo el proceso. Si no existiera ese amor divino derramado por el Espíritu, la tribulación seguiría siendo sólo tribulación y la paciencia sería un mero aguantar doloroso. Sin embargo, es ese amor el que nos permite gozarnos aun en la prueba y caminar por un sendero que parecía imposible”.
Además, es crucial señalar que la base de esta esperanza es “el hecho de que ya hemos sido justificados por la fe”. David Jang remarca que la seguridad de la salvación y de la justificación es el fundamento inamovible que evita que cualquier prueba se convierta en condenación o aniquilación definitiva. Si uno aún viviera bajo la culpa, vería la tribulación como un castigo divino; en vez de aprender la paciencia y la prueba, caería en derrota y desaliento. Pero, tal como Pablo declara con firmeza en Romanos 5:1, somos “justificados” y tenemos paz con Dios, por lo que ninguna adversidad prueba que Dios haya dejado de amarnos. Al contrario, indica que Dios continúa entrenándonos para darnos algo mejor. Esta perspectiva transforma nuestra actitud ante la tribulación. David Jang señala: “Tan sólo por estar justificados, ya tenemos suficientes motivos para gozo. Y esa alegría se convierte en la fuerza que atraviesa nuestra lucha presente y nuestro futuro glorioso”.
De este modo, la enseñanza capital de Romanos 5:3 y siguientes es: “Os vendrán tribulaciones, pero no os desaniméis. Las tribulaciones producen paciencia; la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza. Esta esperanza nunca os defraudará, porque Dios ya ha derramado Su amor en vuestros corazones por medio del Espíritu Santo”. David Jang añade que esto exige un cambio de perspectiva en la vida de fe. El mundo sólo ve en la tribulación un desastre, pero la fe ve en ella una oportunidad de ser fortalecidos. Esta transformación de la mirada nos conduce a “gloriarnos en las tribulaciones”. Esta actitud define la identidad de quienes han sido justificados ante el mundo.
Por último, David Jang reitera que la efusión del Espíritu Santo en Romanos 5:5 no se limita a señales o dones milagrosos. “El Espíritu, al verter el amor de Dios en nuestro interior, nos permite experimentar y comprender integralmente el amor demostrado en la cruz de Cristo”. Así, cuando arrecian las pruebas y tribulaciones, si estamos anclados en esa certeza, jamás caeremos. Es un amor que llena el corazón. Para David Jang, este amor “convierte a un Dios aparentemente lejano en una presencia real, y establece la esencia del evangelio como cimiento de nuestra vida”. Sin esa efusión del amor de Dios, por más solemne que sea nuestra doctrina o apariencia religiosa, cederíamos fácilmente ante la tribulación. Pero si el Espíritu llena abundantemente nuestro corazón con ese amor, podremos, como Pablo en prisión, decir con convicción: “Yo sé a quién he creído; estoy seguro de Su poder”. David Jang alude también a la carta a Timoteo donde Pablo exhorta a no avergonzarse de sus cadenas, resaltando cómo el pastor, e incluso toda la Iglesia, deben comportarse cuando llega la aflicción. Aun cuando el evangelio no nos ofrezca gloria terrenal inmediata, la certeza de que el amor de Dios nos sostiene vence cualquier adversidad.
Romanos 5:3-5 revela, en definitiva, el siguiente principio: “La tribulación parece querer derribarnos, pero para el justificado se convierte en un medio que produce paciencia, prueba, y finalmente una esperanza más firme que le encamina hacia la gloria de Dios. Y esa esperanza no nos decepciona, porque el amor de Dios, derramado por el Espíritu en nuestro interior, es su garantía”. Por ello, David Jang concluye: “Viviendo en tan gran gracia y amor, ¿cómo veríamos la tribulación sólo como tal? Antes bien, la trascendemos y contemplamos el plan mayor de Dios, de modo que incluso en medio del dolor florecen el gozo y la paz inconmovible”.
Al organizar el argumento, observamos que, primero, quien cree en Jesucristo y es justificado se libera de la culpa pasada, alcanza la paz y vive con la esperanza de la gloria de Dios. Segundo, aunque sobrevengan muchas tribulaciones en la vida, ya no llevan a la desesperación, sino que, en Cristo, promueven la paciencia, la prueba y la esperanza. Tercero, esta esperanza no es vana: la presencia del Espíritu Santo vertiendo el amor de Dios en nuestro corazón la respalda. Por eso, David Jang comenta: “Ninguna tribulación ni prueba podrá llevarnos a la ruina eterna. Se trata más bien de un proceso inherente al hecho de ser hijos de Dios. Cuando Él nos lleva a la aflicción, siempre se ocupa de consolarnos, de mostrarnos caminos nuevos y de revelarnos Sus propósitos de bondad. Si acogemos con fe este proceso, podremos gozarnos incluso en medio de la tribulación”.
Esta es la línea en que David Jang interpreta Romanos 5:3-5, procurando aplicarlo de forma práctica a la realidad de los creyentes. A la pregunta “¿qué aporta la fe a nuestros múltiples problemas cotidianos?”, él da una respuesta clara: Siendo justificados, gozamos de paz con Dios, y en tal relación, aun si enfrentamos dificultades, por medio de la paciencia y la prueba acabaremos atesorando una esperanza más sólida. Además, esa esperanza no será avergonzada, porque no es una ilusión humana, sino fruto del amor de Dios derramado en nuestro interior por el Espíritu Santo.
El mensaje de la primera parte de Romanos 5 deja ver que el camino de la fe no es “sólo contemplar la gloria y vivir un ensueño de prosperidad”. A menudo pasamos por desiertos y cárceles, incluso podemos ser despreciados. Sin embargo, la plenitud interior del Espíritu y la certeza del amor de Dios nos permite experimentar “una paz que sobrepasa toda circunstancia”. Por ende, podemos gozarnos aun en medio de la tribulación y no volver atrás avergonzados. Esta es la esencia del evangelio según Pablo, y David Jang insiste en que es una verdad que debemos no sólo entender, sino también experimentar.
Cuando llega la tribulación, el mundo suele decir: “Todo ha terminado”. Pero para el creyente, la tribulación puede transformarse en “un punto de partida hacia un nuevo salto”. David Jang sostiene que Dios a veces conduce a Sus amados al “desierto” para perfeccionarlos. Allí, el desierto se convierte en el lugar donde se experimenta de manera más profunda Su amor y Su presencia, y donde nuestras impurezas interiores son expuestas y purificadas. En ese escenario, aparentemente desolado, aprendemos a depender sólo de Dios. Como resultado, volvemos con una fe más fuerte y con “una esperanza que no avergüenza”. De eso habla Romanos 5.
Asimismo, David Jang señala que, para que estas palabras no se limiten a un “lenguaje ideal dentro de la iglesia”, debemos reflexionar sobre cómo respondemos cuando realmente enfrentamos tribulaciones. ¿Nos quejamos diciendo: “Por qué me sucede esto a mí”? ¿O nos mantenemos firmes pensando: “Debe haber un propósito más profundo de Dios en esto”? Esa es la encrucijada práctica de la vida cristiana. “Sumirse en quejas y desesperación es la lógica del mundo, mientras que la fe, ante esa desesperación, no vaga buscando una posible esperanza, sino que, gracias a la obra del Espíritu en nuestro interior, avanza con confianza. Pablo, encarcelado, jamás se avergonzó ni abandonó; así también nosotros, ante nuestras pruebas, debemos dejar de lado el temor al creer que ‘el amor de Dios ya fue derramado en mí’, y aprender a gozarnos incluso en la tribulación”.
El mensaje de David Jang con base en Romanos 5:1-5 es nítido. Primero, el justificado por la fe ha roto la atadura de la culpa y disfruta de la paz con Dios, pudiendo descansar en Su gracia y esperar la gloria con gozo. Segundo, no obstante, en ese camino también hay tribulaciones. El cristiano atraviesa la puerta estrecha y, como la Iglesia primitiva y Pablo, puede sufrir pruebas y persecuciones. Pero esas tribulaciones, en vez de destruirlo, forjan la paciencia, refinan su carácter y dan lugar a una esperanza firme. Tercero, esta esperanza no es en vano, pues el Espíritu Santo derrama en nuestros corazones el amor de Dios. Por eso, no tenemos de qué avergonzarnos. Así, “gozarnos en las tribulaciones” no es un lema vacío, sino la capacidad real que otorga el Espíritu a los creyentes.
David Jang recalca que, al enseñar estos principios de Romanos 5, “el momento en que encaras tribulaciones genuinas demuestra dónde está tu fe”. Si, en medio de una prueba, exclamas: “¿Será que Dios me abandonó?”, tal vez todavía no tengas plena seguridad de tu justificación o no experimentes de manera real el amor de Dios derramado por el Espíritu. En cambio, si tu reacción es: “Incluso esta prueba está en manos del Señor; Él la utilizará para forjar mi paciencia, mi prueba y mi esperanza”, estarás encarnando los frutos de la salvación descritos en Romanos 5. David Jang lo define como “el camino que recorrió el apóstol Pablo, el camino por el que la iglesia primitiva estuvo dispuesta incluso a dar la vida, y la senda del verdadero discipulado”.
El poder del evangelio manifestado en Romanos 5:3-5 supera un simple alivio emocional. Es la “realidad inquebrantable” que posibilita que mantengamos la fe pase lo que pase. El hecho de que el Espíritu de Dios haya derramado Su amor en nuestros corazones significa que, ante tribulaciones y pruebas, la fuente de consuelo y gozo que brota en nosotros nunca se seca. Y ello se concreta en la vida como “nos gozamos en las tribulaciones”. David Jang explica: “Si meditamos a fondo en este pasaje, nos vendrá a la mente la otra declaración de Pablo en Romanos 8: ‘¿Quién nos separará del amor de Cristo?’. Quien ha sido realmente justificado y experimenta la morada del Espíritu, no puede sucumbir ante ninguna dificultad. Al contrario, cada prueba se convierte en una vía que conduce a una fe más sólida y a una esperanza más inquebrantable”.
En síntesis, la intención principal de David Jang al exponer este pasaje es animar a los creyentes a “no separar la alegría que trae la salvación de la realidad del entrenamiento que implican las tribulaciones”. Muchos buscan eludir la tribulación, o permiten que su fe se tambalee al afrontarla, pero Romanos 5:3-5 es muy claro: “La tribulación produce paciencia; la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza. Y esta esperanza no nos avergüenza, porque Dios ya ha derramado Su amor en vuestros corazones por el Espíritu Santo”. Tal certeza del amor divino es la fuente verdadera de gozo y valentía. Quien se aferra a este mensaje no se verá paralizado por la tribulación ni el temor ni la desesperanza. Al haber sido justificado y haber recibido la salvación, tiene pleno derecho a gozarse y dar gracias. Y en ese caminar, podrá experimentar cómo Dios refina su fe y lo conduce a una esperanza aún mayor.
La conclusión de Pablo en Romanos 5 —“nos gozamos aun en las tribulaciones”—, reitera la “confianza absoluta en la soberanía y el amor de Dios” que David Jang considera esencial. Aunque no comprendamos del todo los caminos de Dios, y a veces Él nos lleve por rutas insospechadas, confiamos en Su sabiduría y bondad, y no tememos. Esa fe, a lo largo del proceso de tribulación, produce paciencia, la cual fomenta la prueba y, en última instancia, desemboca en esperanza. Una vez que comprobamos el fruto de la prueba, sólo podemos alabar a Dios. Es Su gracia de principio a fin. Para quien ha recibido tal gracia, es posible la asombrosa declaración: “Así pues, ahora tenemos paz con Dios y podemos gozarnos en medio de cualquier tribulación”. Este es el poder del evangelio, un poder real, según David Jang, que hay que vivir en lugar de limitarse a conocer teóricamente.
En esta línea, a través de su exposición de Romanos 5:3-5, David Jang nos brinda una visión global de la alegría presente y la esperanza futura del creyente, sin obviar el papel que las tribulaciones y el entrenamiento desempeñan en ese camino. No se trata de un simplismo de “Cree en Jesús y todo será un jardín de rosas”, sino que “para el que ha sido justificado, la tribulación deja de ser un castigo y se convierte en un instrumento de crecimiento”. Y, en este recorrido, no sucumbimos al desánimo porque “el amor de Dios ha sido derramado en nosotros por medio del Espíritu”. Independientemente de lo que diga el mundo o de la magnitud de las tormentas que enfrentemos, quien goza de paz con Dios y del Espíritu que habita en su interior no será destruido. Más bien, esas pruebas lo fortalecen y lo llevan a la madurez, confirmando a cada paso que “la esperanza no nos avergüenza”. David Jang enfatiza: “Esta es la extraordinaria verdad que revela Romanos 5, y que permanece viva en la experiencia diaria de los creyentes”.
El mensaje de Romanos 5:3-5 es, entonces, que el motivo por el cual podemos gozarnos en medio de la tribulación no se reduce a una postura optimista o a un mero consuelo emocional, sino que se funda en la firme certeza de que hemos sido justificados y en la fe absoluta en el amor de Dios que el Espíritu Santo ha derramado en nuestros corazones. David Jang lo llama “el privilegio de los salvados”. Y si no lo disfrutamos, no es por defecto del evangelio, sino por “falta de fe y desconocimiento de la Palabra”. Por el contrario, quien conoce el evangelio y se arraiga en la fe, no temerá ninguna tribulación, pues entiende que esa aflicción prepara la gloria venidera y se alegra al recibirla. Tal es la esencia de la enseñanza de David Jang en Romanos 5:3-5.
De este modo, se constata que la exhortación “nos gloriamos en las tribulaciones” de Romanos 5:3 no es únicamente una teoría, sino que se transforma en una guía de fe para nuestra vida real. David Jang insiste en que, como justificados que viven en el amor de Dios, la Iglesia y los creyentes deben recordar siempre las palabras de Pablo: “La tribulación produce paciencia; la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza”. Y esta esperanza no nos va a avergonzar, porque “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado”. Aquí se unen perfectamente la doctrina de la salvación y del Espíritu en Romanos 5, brindando gozo y valentía plenos. Para quien se apropia de este evangelio con fe, la tribulación se convierte en un guía que le conduce a descubrir un amor y una gloria aún mayores. Esta es la verdad bienaventurada que David Jang reitera con firmeza y que el texto de Romanos 5 confirma con nitidez.
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